Ir sola a una boda y sentir que todos avanzan menos tú
Hay una edad —o quizá una temporada— en la que las invitaciones a bodas empiezan a llegar con una frecuencia sospechosa. Una amiga se casa, luego una prima, después la compañera de la universidad que no veías desde hace siete años. Y, de pronto, tu calendario parece una agenda nupcial y tú, sin proponértelo, has adquirido un nuevo título: la soltera oficial.
No necesariamente porque seas la única sin pareja. Pero sí porque, en algún momento de la noche, alguien se encargará de recordártelo.
“¿Vienes sola?”
“¿Y el novio?”
“¿Sigues soltera?”
“Ya llegará.”
Y esa frase, ya llegará, merece su propia mesa de postres.
Porque lo incómodo de ir sola a una boda rara vez es sentarse sin acompañante. Lo verdaderamente incómodo es sentir que los demás han convertido tu estado civil en un pequeño espectáculo secundario de la celebración.
Como si, mientras los novios intercambian votos, tú estuvieras protagonizando otra ceremonia mucho más silenciosa: la de rendir cuentas sobre tu vida sentimental.
La mesa de los solteros y otras formas de sentirse observada
Hay algo curioso en las bodas: son celebraciones del amor, sí, pero también funcionan como espejos.
Nos recuerdan dónde estamos, dónde creíamos que estaríamos y dónde —según nuestras propias expectativas o las de los demás— “deberíamos” estar.
Y ahí aparece la incomodidad.
No siempre queremos pareja. A veces sí. A veces no sabemos. A veces acabamos de salir de una relación y no tenemos ninguna intención de explicar el expediente completo entre el ceviche y el primer baile.
A veces estamos felices con nuestra vida, pero una pregunta aparentemente inocente consigue poner bajo interrogatorio algo que, hasta cinco minutos antes, ni siquiera considerábamos un problema.
Porque una cosa es estar sola y otra muy distinta es sentirse señalada por estar sola.
Quizá por eso asistir sin pareja a una boda puede activar una mezcla bastante sofisticada de emociones: independencia, libertad, diversión, vulnerabilidad, curiosidad… y ese pequeño impulso de mirar el salón para comprobar cuántas personas están mirando tu mesa.
Probablemente nadie lo está haciendo.
Pero el cerebro, querido especialista en dramatizar, tiene otros planes.
¿Por qué una boda puede hacerte cuestionar tu soltería?
Las bodas tienen una capacidad extraordinaria para comprimir el tiempo.
En una sola tarde puedes recordar tu adolescencia, tus primeras relaciones, aquella ruptura que juraste superar y el momento exacto en el que imaginaste que, a estas alturas, tendrías una casa, dos hijos, un perro y probablemente una vajilla de porcelana que nunca usarías.
Entonces aparece una pareja de recién casados, radiante, y una parte de ti piensa:
Qué bonito.
Otra:
¿Y yo cuándo?
Y una tercera, bastante más honesta:
¿De verdad quiero eso o simplemente quiero dejar de sentir que debería quererlo?
Ahí está la pregunta interesante.
Porque quizá el verdadero tema detrás de sentirte “la soltera oficial” no sea la soltería en sí misma. Puede ser la distancia entre la vida que estás viviendo y la vida que alguna vez imaginaste que estarías viviendo.
Y esa distancia, curiosamente, puede existir incluso teniendo pareja.
Cuando parece que todos están avanzando menos tú
Ver a personas cercanas casarse puede despertar la sensación de que existe un calendario invisible que todos parecen estar siguiendo menos tú.
Primero una relación estable. Después vivir juntos. Luego el anillo, la boda, los hijos y todas esas casillas que durante años nos enseñaron a interpretar como señales de que una vida está “avanzando”.
El problema aparece cuando empezamos a confundir una secuencia socialmente conocida con la única forma válida de construir una vida.
Que otra persona llegue a una etapa distinta no significa que tú estés atrasada.
Su boda habla de su historia, no del ritmo que debería tener la tuya.
Y quizá por eso compararte en ese momento resulta tan fácil como injusto: estás mirando un capítulo específico de la vida de alguien más y utilizándolo para evaluar tu historia completa.
Ir sola a una boda no significa llegar incompleta
Hay una pequeña revolución en dejar de pensar en un acompañante, un novio o una cita como un accesorio necesario para que nuestra presencia en una boda tenga sentido.
Puedes llegar sola y bailar.
Puedes llegar sola y conocer gente.
Puedes llegar sola y marcharte antes del ramo.
Puedes llegar sola y tener una conversación extraordinaria con una desconocida en el baño mientras ambas intentan arreglarse el delineador.
Puedes, incluso, llegar sola y pasártelo espectacular.
No porque haya que demostrarle nada a nadie, sino porque tu experiencia de una noche no tiene por qué estar condicionada por la ausencia de una persona específica.
Y quizá ahí está una de las partes más adultas —y también más divertidas— de la soltería: dejar de vivirla como una sala de espera.
No estás esperando que comience tu vida.
Tu vida ya está pasando.
Disfrutar tu soltería no significa renunciar al amor
Decir esto tampoco significa convertir la independencia en una religión.
Hay noches en las que nos encanta nuestra libertad y otras en las que querríamos tener a alguien a quien mandar un mensaje cuando termina la fiesta:
“¿Llegaste bien?”
“Sí. ¿Tú?”
Podemos querer una relación sin considerar que estamos incompletas sin ella.
Podemos disfrutar nuestra soltería y, al mismo tiempo, desear enamorarnos.
Podemos sentirnos orgullosas de la vida que hemos construido y admitir que existe un espacio que algún día nos gustaría compartir con alguien.
Una cosa no cancela la otra.
La madurez emocional quizá no consiste en dejar de desear ciertas cosas, sino en no convertir ese deseo en una sentencia sobre nuestro valor.
Querer pareja es distinto a necesitar una pareja para demostrar que nuestra vida va por buen camino.
La pregunta no es por qué sigues soltera
Así que, esta temporada de bodas, quizá convenga cambiar ligeramente la pregunta.
No:
“¿Por qué sigo soltera?”
Sino:
“¿Qué quiero realmente para mi vida, independientemente de lo que esté pasando en las mesas de al lado?”
Mucho más incómoda.
Mucho más interesante.
Y, definitivamente, una conversación que no necesita resolverse entre el plato fuerte y el pastel.
Porque quizá el problema nunca fue llegar sola a una boda.
El problema aparece cuando miramos la vida de los demás y empezamos a utilizarla como calendario de la nuestra.
Cada historia tiene su propio ritmo. Algunas personas encuentran pareja muy pronto; otras después de varias relaciones; algunas descubren que quieren construir una vida distinta a la que habían imaginado.
Y algunas de las mejores historias empiezan precisamente cuando dejamos de vivir pendientes de cuándo debería llegar el siguiente capítulo y comenzamos a disfrutar el que estamos viviendo ahora.