Cansada de no ser suficiente

Hay pensamientos que no gritan, pero pesan.
No hacen ruido, pero se instalan en el pecho como una piedra tibia que nunca termina de irse.

Uno de ellos es este: “No soy suficiente”.

Tal vez apareció por primera vez cuando eras niña.
O llegó más tarde, disfrazado de exigencia, de perfección, de “puedo hacerlo mejor”.
Tal vez no recuerdas exactamente cuándo empezó, pero sí sabes cómo se siente:
esa duda constante sobre tu valor,
esa voz interna que te empuja a dar más, a esforzarte más, a no fallar nunca.

Si alguna vez has sentido esto, hay algo importante que vale la pena decir desde el inicio:
no estás sola.

La herida emocional femenina: cuando el valor se mide desde afuera

Muchas mujeres crecemos aprendiendo a medir nuestro valor desde el exterior.
Desde lo que damos.
Desde lo que cuidamos.
Desde lo que logramos.
Desde lo que sacrificamos.

Aprendemos pronto que ser “buena”, “fuerte”, “capaz” o “perfecta” parece ser el camino para ser amadas.

Y así, casi sin darnos cuenta, se forma una herida emocional femenina profunda:
la idea de que, tal como somos, no basta.

Esta herida no siempre duele de forma evidente.
A veces se manifiesta como autoexigencia constante.
Otras veces como culpa al descansar.
Como miedo a decepcionar.
O como esa sensación persistente de que deberías estar haciendo más con tu vida.

No es que seas insegura.
Es que aprendiste a sobrevivir siendo impecable.

Autoestima en la mujer: no se trata de quererte más, sino de exigirte menos

Cuando hablamos de autoestima femenina, solemos imaginar frases bonitas frente al espejo o afirmaciones positivas repetidas en voz alta.
Pero la verdadera autoestima no empieza ahí.

Empieza cuando dejas de tratarte como un proyecto que siempre necesita mejoras.
Cuando ya no te hablas con dureza por sentir cansancio, tristeza o miedo.
Cuando entiendes que tu valor no está en cuánto aguantas, sino en quién eres.

Muchas mujeres no tienen baja autoestima.
Tienen una autoestima basada en el rendimiento.

Se quieren cuando cumplen.
Se validan cuando logran.
Se aceptan cuando no fallan.

Y eso cansa.
Eso duele.
Eso rompe por dentro.

La trampa de la perfección: un refugio que termina siendo prisión

La perfección suele nacer como una estrategia de protección:

“Si lo hago todo bien, no me rechazan.”
“Si no cometo errores, no me abandonan.”
“Si soy impecable, soy suficiente.”

Pero la perfección nunca se satisface.
Siempre pide más.
Nunca aplaude.
Nunca descansa.

Vivir desde ahí es vivir con el cuerpo en alerta y el corazón en deuda.
Y lo más doloroso es que, incluso cuando lo haces todo bien, la voz sigue ahí:

“Podrías haberlo hecho mejor.”

El dolor emocional de sentir que no eres suficiente

Este dolor no siempre se nota.
A veces se esconde detrás de una sonrisa funcional.
De una mujer que puede con todo.
De alguien que siempre está para los demás.

Pero por dentro hay una niña cansada de demostrar.
Una mujer agotada de sostener.
Un corazón que solo quiere ser amado sin condiciones.

Sentir “no soy suficiente” duele porque no cuestiona lo que haces,
cuestiona quién eres.

Y nadie debería vivir dudando de su derecho a existir en paz.

No estás rota: estás cansada de sobrevivir

Esto es importante decirlo con claridad:
no hay nada defectuoso en ti.

No necesitas arreglarte.
No necesitas convertirte en otra versión más fuerte, más productiva, más perfecta.

Tal vez solo necesitas descanso emocional.
Compasión.
Espacios donde no tengas que probar nada.

Sanar esta herida no es convencerte de que eres increíble todo el tiempo.
Es permitirte ser humana sin castigarte por ello.

Un pequeño recordatorio

Eres suficiente incluso cuando dudas.
Eres suficiente cuando descansas.
Eres suficiente cuando no sabes qué hacer.
Eres suficiente sin demostrar nada.

No por lo que das.
No por lo que logras.
No por lo que sostienes.

Sino simplemente porque existes.

Y si hoy esa idea te cuesta creerla, está bien.
A veces sanar empieza solo con dejar de pelear contigo misma.

Aquí estás.
Y eso ya es suficiente.

Previous
Previous

Cómo reconciliar tu energía con tu cuerpo

Next
Next

La esencia femenina frente al feminismo moderno