La esencia femenina frente al feminismo moderno

Hablar de feminismo hoy es caminar sobre terreno sensible. Es pronunciar una palabra cargada de historia, de luchas legítimas, de heridas abiertas y de conquistas que costaron generaciones enteras de mujeres valientes.
Pero también es enfrentarse a un presente en el que muchas sentimos una incomodidad difícil de nombrar. Una sensación de distancia. Como si algo que nació para liberarnos estuviera, en ciertos momentos, pidiéndonos que nos alejemos de nosotras mismas.

La pregunta surge casi en susurro, porque decirla en voz alta incomoda:

¿Y si el feminismo moderno se ha desconectado de la esencia femenina?

No es una pregunta contra las mujeres.
No es un deseo de volver atrás.
Es, más bien, una invitación a mirar con honestidad el lugar en el que estamos y el costo emocional que algunas estamos pagando por encajar en un discurso que ya no siempre nos representa.

Cuando el movimiento deja de sentirse como hogar

Para muchas, el feminismo fue una revelación. Nos dio palabras para lo que antes solo era confusión. Nos permitió entender que no todo era culpa nuestra, que existían estructuras, roles impuestos y expectativas asfixiantes. Nos dio permiso de decir no, de cuestionar, de elegir.

Pero con el tiempo, algo empezó a cambiar.

El tono se volvió más rígido.
Las posturas, más absolutas.
El espacio para la duda, el matiz y la experiencia individual comenzó a estrecharse.

Y así, lentamente, algunas mujeres empezamos a sentir que ya no pertenecíamos del todo.

Porque el feminismo que alguna vez prometió libertad hoy, en ocasiones, parece exigir alineación total: pensar igual, sentir igual, desear igual. Y cuando eso no ocurre, aparece la sospecha, el juicio o la exclusión.

Aquí nace una primera grieta entre feminismo y esencia.

La ruptura con la esencia femenina

En su afán por desmontar estereotipos —muchos de ellos profundamente dañinos— el feminismo moderno a veces cae en un extremo opuesto: negar todo aquello que históricamente se asoció a lo femenino.

Como si la sensibilidad fuera debilidad.
Como si el deseo de cuidar fuera sumisión.
Como si la suavidad, la receptividad o la intuición fueran residuos de una programación patriarcal que hay que erradicar.

Pero ¿y si no todo lo femenino nació de la opresión?

Existe una diferencia profunda entre lo impuesto y lo inherente. Entre el rol obligatorio y la inclinación genuina. Cuando se confunden ambas cosas, muchas mujeres se ven forzadas a elegir entre ser “libres” o ser fieles a sí mismas.

La esencia femenina no es uniforme ni idealizada. No es una idea antigua ni un molde rígido. Es diversa, cíclica y contradictoria. Incluye fuerza, sí, pero también ternura. Incluye ambición, pero también pausa. Incluye voz, pero también escucha.

Negar una parte para exaltar otra no es liberación; es fragmentación.

Lucha vs. conexión: vivir siempre en guerra cansa

La lucha ha sido necesaria. Ha sido vital. Sin confrontación no habría derechos, ni visibilidad, ni cambios reales. Pero vivir permanentemente desde la lucha tiene consecuencias.

Cuando el feminismo se convierte únicamente en resistencia, el cuerpo y el alma se tensan.

Muchas mujeres viven hoy con una sensación constante de alerta: vigilando cada palabra, cada gesto, cada opinión. Como si el mundo fuera un campo de batalla permanente. Y en ese estado, la conexión se debilita. Con nosotras mismas. Con otras mujeres. Con el placer de simplemente ser.

La conexión no es pasividad.
Es presencia.
Es escucharnos sin culpa.
Es permitirnos sentir sin tener que justificarlo todo políticamente.

Sin embargo, en ciertos discursos actuales, hablar de conexión parece ingenuo, poco serio o incluso sospechoso.

Y aun así, vale la pena preguntarlo:
¿qué tipo de lucha es aquella que nos desconecta de nuestro propio centro?

El debate interno que muchas callan

Este conflicto rara vez se expresa en redes sociales o en conversaciones públicas. Vive dentro. Es un diálogo silencioso que muchas mujeres sostienen consigo mismas.

Una incomodidad que no se nombra por miedo a ser etiquetadas como traidoras, desinformadas o poco feministas.

Aquí es donde la crítica al feminismo actual se vuelve un acto íntimo, no ideológico. No nace del rechazo al movimiento, sino del amor por su propósito original.

Porque cuestionar no es destruir.
Pensar no es traicionar.
Dudar no es retroceder.

Callar este debate interno, en cambio, sí tiene un costo: alejarnos de nuestra verdad para pertenecer. Y cuando eso ocurre, algo dentro se apaga.

Identidad femenina: más allá del discurso

Hablar de identidad femenina no significa definir a todas las mujeres de la misma manera. Significa reconocer que existen dimensiones profundas de la experiencia femenina que no pueden reducirse a consignas ni a luchas externas.

La identidad también se construye en lo íntimo: en cómo habitamos nuestro cuerpo, en cómo amamos, en cómo creamos, en cómo descansamos. Y cuando un movimiento deja poco espacio para estas capas, se vuelve incompleto.

Tal vez el feminismo que muchas anhelamos no sea uno que nos diga cómo deberíamos ser, sino uno que nos permita explorarlo sin miedo.
Uno que no ridiculice la feminidad, sino que la resignifique desde la elección consciente.

¿Y ahora qué?

Tal vez no se trata de abandonar el feminismo, sino de expandirlo. De devolverle la capacidad de abrazar contradicciones. De permitir que la fuerza conviva con la suavidad. Que la lucha conviva con la conexión. Que la razón conviva con la intuición.

Quizá el verdadero acto revolucionario hoy no sea gritar más fuerte, sino escucharnos más profundo. Volver a preguntarnos quiénes somos cuando nadie nos observa. Recuperar la esencia sin culpa. Recordar que la libertad no debería exigirnos dejar partes de nosotras atrás.

Porque un feminismo que se desconecta de la esencia corre el riesgo de olvidar algo fundamental: que no luchamos solo por derechos, sino por la posibilidad de vivir completas.

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